"Solos" de Joanna Lombardi

(Este texto fue escrito el 24 de noviembre del 2016)
Lo mejor de Solos está en la fluidez, la película evita las trampas del diálogo sobreescrito. En algunas escena, los actores cultivan con agrado un terreno que abre paso a la espontaneidad. El acierto de Joanna Lombardi es permitirle a sus personajes soltarse ante la cámara y asentarse en lo natural. Sin embargo, el film le encarga a la frescura actoral lo que le corresponde al argumento: dar solvencia.
La historia de Solos narra el viaje de cuatro compañeros que buscan mostrar una película que tuvo poco éxito comercial en algunos pueblos de la selva, lugares lo suficientemente alejados de la capital como para que se produzca un encuentro sorpresivo; se promete un contraste entre el cine que se quiere hacer y el cine que la gente espera ver. Diferencia que es retratada por la vuelta a ese mismo encuadre que alberga las nucas incómodas de los personajes mirando la proyección de su película, evento que acontece, prácticamente, sin espectadores presentes.
Pero esa promesa se pierde dentro de la forma más banal del diálogo (porque con frescura no basta). Las situaciones siguen la noción errante de los protagonistas, reparten algunos volantes, anuncian que se proyectará una película en la noche, hacen una que otra entrevista con la gente de la localidad (¿suerte de trabajo de campo?); mientras que sus conversaciones van por otro lado, por momentos nos develan datos sobre el carácter de cada uno y en otros momentos solo son un pretexto para sacar a relucir la espontaneidad coral que manejan (el juego del puente o las "jodas" a Wendy Vásquez sobre su amante de turno se dejan ver, pero se extienden demasiado)
Hay un momento que establece el contraste que mencionamos. Un señor que vende fruta en la carretera le cuenta a dos de los chicos que él actúo en La Muralla Verde (Robles Godoy, 1970). Ahí se genera un verdadero encuentro, los cineastas indie chocan con un señor mayor, quien (a pesar de haber actuado en el film de quien es considerado el primer auteur del cine peruano) no ha visto la cinta en cuestión. Los personajes prometen conseguirle un copia para que el señor pueda verse a sí mismo. Se crea un puente, un vínculo durante unos instantes. Acto seguido, vuelve la distancia, los cineastas compran la fruta y retornan a lo suyo. 
Los pequeños momentos en que deciden escuchar a la gente la localidad, dotan a la película de un aire honesto, pero que lamentablemente es abandonado con la misma soltura de los diálogos triviales o del consumo de alucinógenos. Esa falta de interés por los momentos de encuentro, de contradicción entre la expectativa y la realidad hacen que todo se perciba como un tránsito ligero; la anécdota de Robles Godoy no pasa de ser una curiosidad muy agradable. 
El lenguaje visual expone con tranquilidad las acciones, la cámara de Inti Briones casi no se inmuta, observa el recorrido con paciencia; es gracias a esta decisión formal que se vuelve sencillo prestarle atención al diálogo. Joanna Lombardi no decora excesivamente desde la imagen; tampoco con la banda sonora. Los inconvenientes de la cinta parten al no aprovechar su propia puesta en escena. La estima que se le puede tener a Solos pasa por los límites del naturalismo, ya sea hasta saciar o hartar al espectador. 
El silencio del final es un cierre que genera interés por su sinceridad. Cuando los rostros comunican, ya se hace innecesario resaltar con líneas lo que estamos observando. 
Tirso Vásquez - Cinéfilo de Pueblo Libre

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